La Historia en Fotos

Crónica de la tragedia de la Barraca Schulze

Valparaíso estaba de fiesta.

El mar era escenario y el cielo prometía su primer espectáculo pirotécnico lanzado desde el puerto. Era la madrugada del 1 de enero de 1953 y la ciudad celebraba el Año Nuevo, la llegada de los trolebuses y la ilusión de un futuro moderno. Nadie imaginó que, en pocas horas, el puerto escribiría una de las páginas más dolorosas de su historia.

A las 02:10 de la madrugada, una llama apareció donde no debía. La Barraca Schulze, un enorme depósito de madera seca ubicado en el plan de la ciudad, comenzó a arder. El origen del fuego nunca fue aclarado del todo. Las versiones se dividieron entre una bengala lanzada por jóvenes del sector o uno de los fuegos artificiales disparados desde el puerto que habría caído sobre la estructura. Lo cierto es que el incendio avanzó rápido, alimentado por la madera y el viento costero.

Las sirenas cortaron el silencio festivo.

Todas las Compañías de Bomberos de Valparaíso acudieron al llamado. Mientras la Octava y la Undécima Compañías se posicionaban por calle Blanco, frente al edificio que hoy ocupa la Dirección de Vialidad, el resto de las unidades atacaba las llamas desde avenida Brasil. El fuego parecía feroz, pero controlable.

Cerca de las 03:00 horas, la emergencia comenzaba a ceder. El Segundo Comandante del Cuerpo de Bomberos, José Serey, ordenó el retiro de seis de las nueve compañías que se encontraban en el lugar. Fue una decisión clave: sin saberlo, acababa de salvar decenas de vidas. Permanecieron solo las unidades necesarias para extinguir los últimos focos y remover escombros.

Lo que nadie sabía era que el verdadero peligro no estaba a la vista.

En la parte posterior de la manzana, en calle Blanco 2064, un almacén de Vialidad ocultaba ilegalmente toneladas de dinamita, cajones de pólvora, tambores de petróleo, parafina y bencina. Material altamente explosivo almacenado sin autorización ni conocimiento de las autoridades.

A las 03:04 de la madrugada, Valparaíso tembló.

Una explosión devastadora se escuchó en prácticamente toda la ciudad. Una gigantesca columna de fuego se elevó varios metros y los ventanales de edificios ubicados hasta cinco cuadras a la redonda estallaron. Bomberos que trabajaban al interior de la barraca murieron de manera instantánea. Otros cuerpos fueron lanzados por el aire y quedaron sobre palmeras, techos y estructuras cercanas.

El maquinista Rufino Rodrigo Ruiz, de la Séptima Compañía, Bomba España, fue alcanzado por un enorme tambor metálico que cayó sobre él en avenida Brasil. Sobrevivió apenas 55 minutos y falleció a las 03:05, cuando la magnitud de la tragedia recién comenzaba a comprenderse.

Entre los heridos se encontraba Jorge Jiménez, un niño de 12 años que había acompañado a su padre bombero al lugar del incendio. Un funcionario les advirtió que era hora de retirarse. No alcanzaron a hacerlo. En ese instante, media cuadra explotó. Cuando el niño logró incorporarse, el hombre que los había alertado ya no existía: había desaparecido en la explosión.

El fotógrafo Cruciani, junto a un mayor de Carabineros de apellido Albornoz, observaba las maniobras de tres bomberos sobre una escala telescópica. Un destello los cegó, seguido de un estruendo imposible de describir. Cruciani despertó al otro lado de la calle, incrustado en una cortina metálica que había detenido su cuerpo tras salir despedido por los aires.

Algunos bomberos nunca pudieron ser identificados por completo. Uno de ellos fue reconocido únicamente por un dedo que aún llevaba un anillo distintivo. Entre los fallecidos había dos hermanos bomberos; uno de ellos se había puesto sus argollas de compromiso apenas horas antes.

Las víctimas civiles fueron, en su mayoría, personas que observaban el incendio. Valparaíso miró… y pagó un precio altísimo por hacerlo.

En total, la tragedia dejó 50 fallecidos: 36 bomberos, 1 carabinero y 13 civiles. Hasta el año 2024, solo cuatro sobrevivientes de aquella madrugada seguían con vida.

Hoy, donde estuvo la Barraca Schulze, funciona la Facultad de Bioquímica de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Una placa recuerda lo ocurrido. Y en la Octava Compañía de Bomberos, un pequeño museo conserva cascos deformados y vestigios silenciosos de aquella noche.

Créditos: Textos e imágenes de Orgullo Porteño